
Elena de Jongh llegó a España en 1977 para escribir una tesis doctoral sobre el krausismo y el 98, y se fue en 1981 con un contrato firmado para publicar una antología de jóvenes poetas con Espasa-Calpe. La tituló ‘Florilegium. Poesía última española’, y … en ella recogió a aquellos autores que no encajaban en la estética culturalista de los novísimos, o ya no. Ahora publica ‘Con el paso del tiempo. Poesía española de la Transición a la actualidad’ (Vitruvio), en la que revisita a los mismos autores para ver a dónde han llegado. Hablamos de Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena, César Antonio Molina, Andrés Sánchez Robayna, Juan Garzón, Miguel Mas, José Gutiérrez, José Lupiáñez, Antonio Enrique, Julia Castillo, Salvador López Becerra y Menchu Gutiérrez.
—Durante mucho tiempo corrió el bulo de que usted no existía. Decían que era una creación de uno de los antologados en ‘Florilegium’, que buscaba notoriedad. ¿Cómo es eso de no existir?
—Yo regresé a EE.UU. en 1981, meses después de haber firmado el contrato con Espasa-Calpe para la publicación del libro, que se publicó en 1982. No supe del bulo hasta 2022, cuando llegué a Madrid para celebrar los cuarenta años de mi antología. Mi reacción inmediata fue de asombro e incredulidad al enterarme de que en España se había dicho que yo no existía. Es algo insólito, ¿no? Desconozco por qué se intentó borrar mi existencia, no sólo como autora de ‘Florilegium’, sino también como persona. Lo cierto es que soy la autora de ‘Florilegium’ y también de la nueva antología conmemorativa que acaba de publicar Ediciones Vitruvio. Quisiera añadir, en alusión a la conocida frase de Mark Twain, que las noticias de mi inexistencia han sido muy exageradas.
—¿Cómo acaba una profesora de Florida enamorada de la poesía española reciente?
—Mi interés por la poesía se remonta a mi niñez: el mejor regalo que me podían hacer era un libro. Mi lectura favorita en esa época era ‘La Edad de Oro’, de José Martí, con quien mi familia había tenido una estrecha relación en Cuba… Llegué a Madrid el verano de 1977, becada por la Comisión Fulbright y la Asociación Americana de Mujeres Universitarias, para llevar a cabo mi tesis doctoral. Y entré pronto en contacto con el ambiente literario en el Madrid de esa época. Asistía con regularidad a lecturas de poemas y a reuniones literarias, en particular a la tertulia semanal de la revista ‘Ínsula’, que presidía José Luis Cano. Ese ambiente facilitaba el contacto con las últimas corrientes poéticas. En esos años dominaba la estética poética conocida como novísima, que irrumpió en el panorama poético con la publicación de ‘Nueve novísimos poetas españoles’, editada por J.M. Castellet y publicada en 1970. La poesía novísima solía carecer del elemento intimista y llevaba el lenguaje a un primer plano, con frecuentes alusiones al mundo antiguo grecolatino y a la cultura pop norteamericana. Casi diez años más tarde, a raíz de la publicación de ‘Joven poesía española’, de Rosa M. Pereda y Concepción G. del Moral, supe de los comentarios de algunos jóvenes poetas que no se identificaban con esa estética y afirmaban que la poesía de los más jóvenes era muy distinta. Cuando terminé la tesis decidí estudiar la poesía de esos años de la Transición. Las nuevas tendencias y direcciones en la más joven poesía española.
—Esa distancia geográfica, ¿es beneficiosa para el estudio?
—He sido afortunada porque nací en Cuba y el español es mi lengua materna. Aunque me crié en EE.UU., siempre hablamos español en casa, estudié literatura española e hispanoamericana y me doctoré en Filología Hispánica… Creo que sí: la distancia geográfica puede ser beneficiosa. Cuando investigué la poesía última y preparé la selección de poetas, lo realicé con imparcialidad, sin pretensiones dogmáticas o preferencias partidistas. No tenía ni relaciones personales con los poetas ni abogaba por ningún tipo de estética particular. Llegué a conocer a la mayoría de los poetas recientemente, en 2022, y aún hay poetas que no he tenido el gusto de conocer.
—¿Cómo marcó la Transición y el clima sociopolítico español de entonces la poesía que se hacía?
—La poesía no existe en un vacío, por mucho que tratemos de separarla de la historia y de la sociedad concreta de donde surge. Con la muerte de Franco, en 1975, se inició una transformación social y política. En la literatura la Transición ya se había iniciado: lo vemos en el rechazo de la poesía social y en el cultivo de la poesía novísima, culturalista. Hacia mediados de la década de los 70 ya se percibían nuevos caminos y una clara línea evolutiva en el panorama poético de España. La poesía novísima estaba siendo suplantada por una poesía que no pretendía separar el lazo entre vida y arte, entre poema y anécdota. ‘Florilegium’ reflejó por primera vez ese cambio de estética que se estaba llevando a cabo en la Transición. Los poetas que reuní, nacidos en los años 50, le devolvían al poema su condición de material literario transmisor de sentimientos, emociones, e ideas. Su actitud contemplativa ante la vida, la muerte, el amor, la belleza, estaba tan lejos del juego artificioso como de la poesía comprometida o «social». La etapa democrática abrió un nuevo período en la vida nacional que naturalmente incluye a la literatura. La joven poesía de la Transición no es la del alegato social partidista que descuida la forma y el lenguaje del poema. Tampoco es la del culturalismo excesivo y gratuito.
«La poesía no existe en el vacío. En la literatura, la Transición ya se había iniciado antes de la muerte de Franco»
—¿Y la Movida? ¿Qué huella dejó en la poesía?
—La huella de la Movida se puede apreciar en la obra de autores que la vivieron más de cerca. En Luis Antonio de Villena, por ejemplo. El poema ‘Madrugada en Madrid, agosto, 1990’, que está en la nueva antología, refleja claramente la huella de la Movida.
—Incluye a escritores con voces muy diferenciadas: Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena, César Antonio Molina… ¿Qué tienen en común?
—Limité mi antología a poetas nacidos en los años cincuenta que habían publicado, como mínimo, un poemario. El estudio de su obra reveló un grupo de autores diversos, cuya obra lírica dejaba atrás el formalismo frío del culturalismo y, aunque perduraba el interés por la tradición clásica, era mucho menos acusada que en los novísimos. Su poesía le devolvía emoción al poema.
—¿Cree que forman una generación con rasgos comunes?
—No he pretendido presentar una generación. En la antología señalé la variedad de voces poéticas y el individualismo, pero también que existían algunas afinidades comunes: el intimismo, la recuperación del «yo» poético y de la anécdota, las referencias culturales como instrumento para expresar el mundo interior… La fusión de vida y arte —de intimismo y esteticismo— caracteriza la obra de este grupo de poetas. Aunque cada poeta ha seguido su propio camino. Son poetas que, en general, no se dejan encasillar.
—Desde entonces hasta hoy, ¿qué cambios ha notado en la nómina de autores? ¿Cuáles le han sorprendido?
—Dos de los antologados, Vicente Presa y Vicente Sabido, lamentablemente fallecieron muy jóvenes. El fallecimiento de Andrés Sánchez Robayna este año ha sido un golpe muy duro… La evolución más notable se podría observar en la obra de Julia Castillo. A partir de 1990, ha estado manejando dos estilos o registros: uno es más tradicional y de fácil lectura y el otro le da rienda suelta a lo más intimista, subjetivo. No es fácil condensar en el espacio limitado de una entrevista los ensayos incluidos en la nueva antología que resumen las trayectorias poéticas de todos y todas. En términos generales, se trata de una poesía más reflexiva, íntima y meditativa, que tiende a la depuración y mayor abstracción de la que se cultivaba en la juventud. Hay una frase de Luis Alberto de Cuenca que describe su obra actual y que se puede aplicar, en general, a la poesía reunida en la antología: «Vida y cultura amorosamente enlazadas». Desde la perspectiva de más de cuarenta años, al analizar las distintas etapas de la evolución poética de estas diversas voces diferenciadas, me atrevo a decir que, en cierto modo, reflejan la evolución de la poesía española de las últimas décadas.
—¿Qué le interesa de la poesía actual?
—Como ha señalado Sharon Keefe Ugalde, la década de los ochenta es un periodo decisivo en la historia de la poesía femenina española. Me interesa esa mayor presencia de obras poéticas escritas por mujeres que representa un cambio significativo y alentador del panorama poético. Y me sigue interesando la obra de los antologados y las antologadas en ‘Con el paso del tiempo’.

