Desde la sede de la IE University, quinta torre del ‘skyline’ de Madrid, Diego del Alcázar observa el filo de la ciudad. Con la energía que dedica a organizar la formación de jóvenes de más de 140 países, este CEO madrileño de 37 años ha escrito ‘La genética del tiempo‘ en torno a varios de los temas del futuro inmediato que más preocupan a la comunidad científica. Detrás de su primer libro, fraguado durante la pandemia, hay referencias a varias lecturas vitales y algunas obsesiones: la tecnología, el futuro, la docencia, la paternidad y la ética en el desarrollo humano. Por supuesto, la escritura es otra de ellas.

Para esta primera novela se inspiró en ‘El código de la vida’, la biografía de Jennifer Doudna, premio Nobel de Química por sus investigaciones con Crispr, herramienta que ha abierto las puertas de la edición genética y que todavía tiene mucho que dar de sí. Está escrita tras unos primeros cuentos que compuso para sus hijas de cuatro años («cuentos terroríficos»). Precisamente, la narración comienza con el caso real de las bebés Nana y Lulu, primeros seres humanos modificados genéticamente según He Jiankui, investigador chino condenado y repudiado por la comunidad científica internacional tras romper uno de los códigos bioéticos más sensibles hasta el momento: no poner en riesgo la definición de la naturaleza humana.

Esta es una obra que resume fácilmente algunas de las fobias genéticas y dilemas bioéticos de los que no estamos tan lejos como hace pocos años se podía imaginar, sin olvidar la parte humana y dramática que toda historia que se precie debe contener. «Debemos identificar esa línea finísima entre curar enfermedades y mejorar artificialmente la naturaleza humana», expone el directivo desde un despacho acogedor. «El cambio tecnológico en general, también el biotecnológico, es tan acelerado que no somos conscientes de que se están tomando decisiones por nosotros, sin maldad», advierte durante la conversación, que podría extenderse durante horas. Ambos implicados conciben necesario generar debate en torno al futuro inmediato de nuestra tecnología, antes de que llegue el próximo avance y se acorte el tiempo de maniobra. Algo así como lo que hace el escritor en su novela.

«La tecnología está aquí para abrazarla», establece Del Alcázar, que recalca la importancia de «ser capaces de pensar críticamente sobre las consecuencias de los diferentes avances». El imperativo tecnológico hace obsoleta la prohibición, algo que demostró el equipo del científico condenado He Jiankui: «Si nosotros prohibiéramos la inteligencia artificial hoy, la utilizarían otros países en el mundo, se generaría una desventaja competitiva. Lo normal es que los dos bandos acaben por desarrollarlo, como se vio en la película de Oppenheimer», ejemplifica. «Imaginemos que hay un país que decide que va a editar genéticamente. Por ejemplo, con soldados que sean capaces de ver en la oscuridad. Debemos ser conscientes de dónde queremos poner el límite».

La solución pasa por un «imperativo humanista», algo que sólo puede surgir con el compromiso de la educación. «Hay una falta de pensamiento crítico en la que la educación tiene una parte importante», aunque señala que se debe más al «impacto del desarrollo tan acelerado de las tecnologías digitales y, probablemente, el rechazo de los sistemas educativos hacia estas».