James Joyce Imagen de archivo
James Joyce. Imagen de archivo.

“Mi hermano James Joyce”, obra que se publica ahora en la Argentina, cubre los primeros 22 años de la vida del escritor irlandés, en Dublín y en Trieste, y testimonia el drama de una juventud compartida, reflejado en la cariñosa memoria escrita por Stanislaus Joyce, que ahonda en la figura severa y violenta del padre, que sirvió como referente de Simon Dedalus, personaje del “Ulises”, y otras particularidades sobre su hermano.

El libro de Stanislaus Joyce, publicado por Adriana Hidalgo, explica de mucha formas como su hermano James se convirtió en el escritor más revolucionario de la lengua inglesa del siglo XX. El “Ulises”, publicado en París en 1922, y “Finnegan’s Wake”, en 1939, crearon una revolución técnica, psicológica e incluso moral en la literatura del mundo entero.

El uso de Joyce del “flujo de conciencia”, la exploración del inconsciente, la escritura de un lenguaje onírico y la utilización de vocablos que eran tabú en la literatura, tuvieron un efecto que aún siguen vigentes.

En este libro aparecen la familia Joyce en su propia casa y los personajes secundarios que adornan “El retrato del artista adolescente”: Eileen, la hermosa hija de Leopold Bloom; la señora Riordan, la profesora hosca; Sr. Casey, el agitador político. Está la ciudad de Trieste, un lugar de exilio para Stanislaus pero un retiro para James.

En el transcurso de “Mi hermano James Joyce”, en inglés “My Brother’s Keeper” (El guardián de mi hermano), se va configurando esa revolución literaria del escritor irlandés y da cuenta de la generación revolucionaria que lo rodeó. Doce años después de que dejara Irlanda, sus coetáneos lideraron una revolución política y social. Por un lado, en las batallas con los británicos, y más tarde, en la guerra intestina de Irlanda, mostraron la misma integridad que hizo que Joyce rechazara toda censura de su obra.

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Muchos compañeros de clase del University College, en Dublín, y que murieron por sus creencias: George Clancy (“Davin” en “Un retrato del artista adolescente”), asesinado por los Black and Tans; Tom Kettle, muerto en combate como oficial británico en Francia; Francis Skeffington (“MacCann”), en efecto martirizado por su pacifismo. Los tres nombres aparecen en “Mi hermano James Joyce”, junto con algunas de las alumnas que eran sus compañeras intelectuales y morales: la Sra. Skeffington, la Sra. Kettle (“E– C–“) y las dos hermanas Sheehy.

Las memorias escritas por Stanislaus (“Maurice” en la novela inconclusa “Stephen el héroe”), iluminan la personalidad y el contexto del escritor. Stanislaus Joyce, quien murió en 1955 a la edad de 70 años, es descarnadamente franco en sus diarios, en particular sobre su rechazo al catolicismo romano.

Escribe Stanislaus: “En el colegio de jesuitas al que asistía (James), los maestros se referían con cierta insistencia a los peligros que entrañaba el “respeto humano”, con lo cual entendían hacer -o dejar de hacer- algo por temor a la opinión ajena. Esas vagas palabras se entendían claramente. Querían poner en guardia a sus discípulos contra el complejo de inferioridad que podía apoderarse de ellos cuando, en el pequeño mundo de Dublín, se pusieran en contacto con la clase dominante que profesaba el protestantismo”.

Esta idea del libro es central para entender el contexto que rodea a la formación jesuítica. Sus maestros deseaban poner en guardia a sus alumnos contra cierto complejo de inferioridad que podría invadirlos cuando, en el pequeño mundo de Dublín, entraran en contacto con una clase dominante.

Lo que William Butler Yeats había aprendido del independentista feniano John O’Leary, el muchacho James Joyce lo aprendió del “Land Leaguer”, movimiento que luchaba por conseguir los derechos básicos de los granjeros católicos, y de John Kelly, “Mr. Casey” en “Un retrato del artista adolescente”.

De libro: “John Kelly debía ser de estirpe campesina. Era pálido y elegante, lento al hablar y en los gestos, de facciones regulares y perfectas, con una mata de cabellos negros. Los dedos de su mano izquierda habían quedado encogidos de hacer sacos y recoger estopa en la cárcel. Hacía gala de una cortesía a la antigua y una elocuencia campesina; en sus últimos años la ejercitó más de una vez en el cumpleaños de mi hermano. Tenía el don natural de la amistad y una apasionada lealtad a su país y a su jefe, Parnell”.

“Mi hermano James Joyce” tiene la fascinación de una novela psicológica cada vez que Stanislaus trata sobre la relación ambivalente de los hermanos: su título en inglés, toma prestadas las palabras de Caín. Literalmente “El guardián de mi hermano” hace referencia al episodio de Caín y Abel del Génesis 4-9: “Am I my brother’s keeper?”, ¿Soy acaso el guardián de mi hermano?.

En el clima moral duro irlandés, donde la hipocresía y el compromiso eran los únicos pecados imperdonables, Stanislaus no puede negar la superioridad de su hermano ni pretender estar completamente feliz por ello.

Escribió en su diario a los 17 años: “es terrible tener un hermano más inteligente. No me otorga crédito en materia de originalidad. Sigo a Jim en la mayoría de las opiniones, pero no en todas. Creo incluso que Jim toma algunas de mí. En ciertas cosas, sin embargo, nunca lo sigo. En beber, en frecuentar prostitutas, en hablar mucho, en ser franco sin reservas con los demás, en escribir versos, prosa o ficción, en los modales, en la ambición y no siempre en las amistades. Percibo que me consideran vulgar y carente de interés -no intentan disimularlo-, y aunque comparto plenamente esta opinión, no me agrada. Es una cuestión que ninguno de los dos puede resolver”.

Todas estas rigideces morales provienen del padre de los niños, un claro ejemplo del “irlandés de teatro” borracho, pendenciero, bromista, mentiroso, derrochador y traicionero, a quien toda la generación de James Joyce luchaba por exorcizar. Stanislaus no pudo encontrar lugar dentro de su sistema para este fragmento de caos; detestaba a su padre y amaba a su sufriente madre. James, sin embargo, dijo una vez en una carta que “cientos de páginas y decenas de personajes” en sus libros procedían de John Joyce.

Lo que Stanislaus nos ofrece de su padre son algunas de las páginas que nunca llegaron a formar parte de los libros de su hermano. Escribe: “Era más desagradable cuando, después de jugar con otros muchachos de Blackrock, encontraba, al regresar por la noche, a mi padre completamente borracho, aunque manteniendo su elegancia con el monóculo puesto, tocando el organillo en la calle principal de la ciudad y canturreando ‘The Boys of Wexford'”.

Stanislaus proporciona su propia versión de varios episodios que han aparecido en las novelas del hermano escritor. El mayor valor de este libro para los joyceanos, y para los críticos literarios en general, reside en su seguridad de que gran parte de la ficción de James era precisamente una recreación de su vida.

En cuanto al sombrío y cansado Stephen Dedalus, tan a menudo confundido con James Joyce, Stanislaus insiste en que fue un producto de la imaginación de James, que casi no tiene relación con el joven vital con una risa fuerte o el chico guapo y atlético cuyo apodo en casa era “Sunny Jim”.

La impecable introducción de Richard Ellmann cuenta la historia del distanciamiento de los hermanos en sus últimos años. Una ruptura que aparece como inevitable. Dos personalidades igualmente enérgicas pero tan diferentes. Stanislaus lamentó profundamente, después de que James muriera, la distancia que habían mantenido.