Actualizado: Guardar

José Martí murió a caballo, como los antiguos. Ocurrió el 19 de mayo de 1985, mientras luchaba por la independencia de Cuba en la zona de Dos Ríos: lo sorprendieron unos españoles ocultos en la maleza, que dispararon casi a «boca de jarro», según relató después el coronel Rafael Cerviño. Falleció en el acto, el poeta, y no tardó en convertirse en un símbolo nacional, aún hoy vigente. Al enterarse de la trágica noticia, Rubén Darío, desconsolado, escribió: «Pero, ¡oh, maestro!, ¡qué has hecho!».

«Darío, que era un literato, no entendía por qué Martí tuvo que morir por la independencia de Cuba, por qué tuvo que subirse a ese caballo», comentó ayer el escritor Sergio Ramírez durante la presentación de la nueva entrega de las Ediciones Conmemorativas que publican conjuntamente la RAE y la Asale: ‘Martí en su universo’ (Alfaguara), un volumen que recoge lo mejor de la ingente producción literaria de este autor.

Para él, «Martí representa como nadie el compromiso del escritor que no renuncia nunca a los azares de la vida pública», por eso «no lo podemos entender sin este compromiso político»: ni su biografía ni ninguna de las líneas que dejó para la posteridad. En su caso, insistió el premio Cervantes, «la acción política y la escritura literaria» son inseparables.

Una espada

Buena cuenta de ello da la introducción que escribió el propio Martí a sus ‘Versos Libres‘. «El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol, se rompe en alas», aseveraba ahí. También aclaraba que «ninguno [de los versos] me ha salido, recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre a borbotones de la herida». Hablamos de cosas así: «Ganado tengo el pan: hágase el verso / y en su comercio dulce se ejercite / la mano».

Rogelio Rodríguez Coronel, director de la Academia Cubana de la Lengua, que también estuvo presente durante el acto, aseguró que «Martí está vivo en Cuba». «Siempre lo ha estado, aunque tal vez unas facetas se acentúan más que otras. El Martí político antiimperialista se ha propuesto como modelo», afirmó. «A partir de 1959 Martí se vuelve un símbolo de la Revolución en Cuba, se vuelve parte del gran aparato de propaganda de la Revolución. Pero hay algo muy importante: Martí es universal para todos los cubanos, también para los exiliados en el sur de Florida. Cualquier cubano le tiene respeto. No es una figura que sea vista como sectaria o instrumentalizada», apostilló el nicaragüense.

Y más allá de su lucha, claro, se alabó su obra, encumbrada por el gremio tras su último suspiro. Gabriela Mistral destacaba de él esa capacidad de mezclar lo trascendente y lo familiar, y Juan Ramón Jiménez siempre le agradeció el haber incorporado la tradición estadounidense a América Latina. Y Darío, claro, pensaba que era de lo mejor que había a ese lado del océano: «Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua tuvo mejores tintas, caprichos y bizarrías (…) ¡Y qué gracia tan ágil y qué fuerza natural tan sostenida y magnífica!». «Lo que asombra es la prodigalidad de José Martí con la escritura. Sus obras completas son veintiocho tomos, y murió a los cuarenta y dos años. Hay tanta carta, tanto manifiesto, tanto artículo de prensa… Tanta prosa, tanta poesía. Y de mucha calidad. En este sentido es también ejemplar», zanjó Sergio Ramírez.

Ver los comentarios