Siempre se refiere a ella como Consuelo, alguna vez incluso Consuelito. Y es que en los tres últimos años ha estado tan cerca de ella y ha buceado tanto en su vida que para ella es Consuelo, la mujer, y no La Fornarina, la gran cupletista madrileña de principios del siglo XX. «Consuelo era un ser de luz», se apresura a decir Mari Pau Domínguez, que ha convertido la historia de la artista en una novela, ‘La magia de la libélula‘ (La esfera de los libros).

Mari Pau Domínguez llegó a Consuelo Vello, La Fornarina (1884-1915) a través de Juan José Cadenas (1872-1947, un dramaturgo, empresario teatral y periodista de ABC que fue el gran amor de la cupletista, y del que Domínguez escribió un artículo hace cuatro años en este periódico. «Tuvieron una relación de amor muy novelesca -dice-; vivieron juntos muchos años, y él escribió junto a Quinito Valverde las canciones más famosas de Consuelo». El personaje le fascinó y pensó que «su vida daba con creces para una historia literaria».

«Hija de una lavandera y de un guardia civil alcoholizado -cuenta la autora-, Consuelo nació en una situación de pobreza extrema, la más miserable en que se podía nacer a finales del siglo XIX, y pudo sobreponerse a sus propias circunstancias. Empezó a estudiar y despuntó muy jovencita. Murió con tan solo 31 años, pero consiguió en algo más de una década convertirse en la artista más importante de esa época, a hablar cuatro idiomas, a ser una lectora empedernida, amante del arte… Su transformación fue verdaderamente increíble, y más allá de su historia me atrajo poder contar una época a través de ella». En el cumplimiento del sueño de Consuelo Vello de convertirse en artista, añade, hay varios nombres: el de Cadenas, sobre todo, «pero también Alejandro Saint-Aubin y Javier Betegón, a quienes se les ocurrió el nombre de ‘La Fornarina’, por el cuadro del pintor Rafael».


Mari Pau Domínguez


Ángel de antonio

¿Y por qué una libélula? «Quería encontrar un símbolo con el que pudiera asociar a Consuelo. Me costó mucho. Busqué y busqué y me encontré con René Lalique, un célebre joyero francés de la misma época, que hizo creaciones maravillosas, estilo ‘art noveau’; y entre ellas una libélula que está expuesta en el Museo Gulbenkian en Lisboa -ilustra la portada del libro-, y que es una pieza verdaderamente espectacular en todos los sentidos: en belleza, en valor económico… La libélula es un insecto con el que se puede hacer un símil, de alguna manera, con Consuelo. Tiene un punto de luz. Al principio de la novela se hace una reflexión acerca de que, en la vida, merece la pena aproximarse a los seres de luz, a los que te iluminan, a los que tienen brillo, y huir de los otros. Y Consuelo, verdaderamente, era desde niña un ser de luz. Como artista no fue de las mejores, ni mucho menos, y sin embargo fue la más famosa, la más querida, la más adorada… Pero tiene que ver también por cómo era ella».

La vida de La Fornarina demuestra que el arte es lo más salvador para el ser humano -«ese es un mensaje muy bonito y positivo, que encaja con ella como un guante»-, y ‘La magia de la libélula’ muestra a su vez cómo una vida así puede transformar a autora y lectores. Mari Pau Domínguez confiesa que esta novela es diferente a sus anteriores libros «Mi editora me lo dijo cuando lo leyó. Esta novela me ha enseñado muchas cosas de la vida: la reflexión que he hecho sobre los seres de luz -y eso era Consuelo- me ha ayudado mucho; hay una conversación, imaginada, entre Consuelo y su ginecólogo, el doctor Recasens, en la que éste le dice que es el momento de atender a Consuelo, que ya volverá a llegar la hora de La Fornarina. Y es que ella pasó muchos años sin querer operarse a pesar de que todos los médicos, y vio a los mejores de Europa, le decían que debía hacerlo. Pero ella era una mujer generosa y anteponía por delante de su salud al público, a los empresarios teatrales… Sabía lo que supondría para ellos su retirada para someterse a esa operación, y nunca lo hizo; y cuando se decidió, fue demasiado tarde».

No se ha tomado, insiste Mari Pau Domínguez, la escritura de esta novela como otro libro más. «Quizás también ha tenido que ver con un proceso vital propio que ha caminado en paralelo. Y también con el personaje; he quedado enamoradísima de Consuelito Vello. Las crónicas coinciden en que era una persona maravillosa. Y como artista fue desinhibida en el escenario, pero rehuyó desde el primer momento la procacidad, cosa que no hacían muchas colegas suyas; eso es lo que creo que enfervorizó al público de la época. Cantaba con una naturalidad innata canciones subidas de tono y eso la hizo diferente; tenía un brillo, una luminosidad y a la vez una elegancia innata que es muy difícil de adquirir. O la tienes dentro o no la tienes. Y Consuelo la tenía».