El piso tiene dos entradas y las dos están flanqueadas por libros. Hay libros en el pasillo, en la cocina, en el salón. En las paredes, en el suelo. Encima de la mesa, a los pies. Son pequeños y grandes, enormes. Antiguos y recién salidos del horno de su imaginación. La casa, en realidad, es de ellos. De los libros. Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) solo está de visita.

—Lo dije cuando tomé posesión del cargo de director de la Biblioteca Nacional. Evoqué sus versos: «Yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca». Creo que en el fondo los libros son nuestros compañeros más íntimos. Nunca

 defraudan.

Habrá que confiar en el letraherido, pues lleva toda la vida entregado a la literatura: por algo será. Ahora vuelve a la carga (él, que tanto disfruta de la épica) con un nuevo poemario: ‘Después del paraíso’ (Visor). Asegura que fueron las musas las que le salvaron del confinamiento. De esas tardes larguísimas en las que solo sentía miedo y daba vueltas como un oso por su jaula…

—¿Le liberó la poesía, entonces?

—Efectivamente. Yo creo que la poesía es salvífica, que es un elemento capaz de mejorar nuestra triste existencia diaria.

—Desde luego es una buena forma de recordar tiempos mejores…

—La nostalgia es un elemento fundamental de la escritura poética. Etimológicamente nostalgia significa ‘dolor del regreso’: y eso es lo que hacemos los poetas. Regresamos a una época pasada con ciertos síntomas de dolor cuando la evocamos. Pero al mismo tiempo nos quedamos con la sensación de que hemos vivido cosas que valen la pena ser vividas. Siempre hay una mezcla entre dolor y alegría: eso es la vida.

—Le cito: «Doy por sentado que el deseo / menoscaba la inteligencia». ¿Y aun así vale la pena?

—Safo decía que el deseo era tan importante que cualquier desfile maravilloso de hoplitas armados, o que cualquier crepúsculo sublime, que todo eso no era nada comparado con un solo deseo. Estamos controlados totalmente por el deseo, pero al mismo tiempo hay que rebelarse contra él. Es muy hermoso un tropel de hoplitas armados, también, y es muy hermoso el crepúsculo.

—Sin embargo, escribe sobre el deseo en la tercera edad: no desaparece. ¿Cómo cambia la pasión con los años?

—Respondo con un poema muy bonito de Jorge Guillén que se llama ‘Susana y los viejos’. Con el verso final: «Ah, Susana. ¡Qué horror! Perdóname. ¡Te veo!».

Dice Luis Alberto, que cita todo de carrerilla y sin tropezarse, que la memoria ya le falla. A veces, confiesa, no recuerda en qué libro escribió algo. Y se ríe, claro, porque luego tiene perfectamente localizados a todos y cada uno de los monstruos que pueblan sus estanterías: Carlomagno, Hulk, Indiana Jones, Tintín, Robespierre… ¿Robespierre? «Es que siempre me cayó simpático». Y vuelta a reír.

—El primer poema amoroso de este libro se llama ‘Por culpa de Safo’. ¿Todo por su culpa?

—El amor es un producto cultural que nace con Safo de Lesbos en el siglo VI a.C. No es algo que esté en nosotros de una manera natural, es algo que se impone culturalmente. Por eso mismo ahora quieren derribar el amor romántico: porque se puede. Si fuera natural no se podría evitar. Esto lo explica Denis de Rougemont en ‘El Amor y Occidente’… Todo es un invento de los líricos griegos y luego, en la Edad Media, Andrés el Capellán establece unas pautas de lo que es amor, y los trovadores provenzales lo ponen en práctica. Y después Petrarca lo redondea todo.

—¿Y es un buen invento, el amor?

—Es un invento fabuloso, increíble. Espero que no lo derrumben.

—Le cito otra vez: «Y hablo de la poesía épica, que es la única verdadera». ¿Lo piensa de verdad?

—Lo he dicho siempre, desde pequeñito, desde que leía tebeos: me ha gustado siempre más la epicidad que la intimidad. Pero eso no quiere decir que sea capaz de escribir épica. Entre otras cosas porque, como decían los marxistas, hoy no se dan las condiciones objetivas para que se desarrolle una épica. ¿Vamos a hacer una épica de Podemos? [Se troncha, y a continuación recuerda]. Aquiles el de los pies ligeros, Aurora la de los rosados dedos… El lenguaje formular me entusiasma. Yo lloro con los poemas épicos. Sigo llorando.

—Al menos le queda Marvel.

—Yo soy muy aficionado. Pero me estoy haciendo viejo y me doy cuenta porque me lío mucho ya con las películas. Enloquezco. Hay que saber latín, griego y sánscrito para entender la evolución del cine de Marvel.

Luis Alberto recorre con las manos los lomos de sus joyas. Ahí tiene una primera edición de ‘El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde’, por ejemplo. Y otra con los versos de Bécquer. Le hace gracia El Quijote en inglés, porque uno así leyó Borges en su día. Y tras presumir de adquisiciones lo resume todo en una frase: «Hay que vivir cada día como si fuera el último y al mismo tiempo como si fuera a durar siempre».

—Por cierto: ¿qué hay después del paraíso?

—Después del paraíso está absolutamente todo: el paraíso es solo el comienzo. Yo tengo un atlas histórico de comienzos del siglo XIX en el que el primer mapa ubica en la actual Mesopotamia, entre los grandes ríos, Éufrates y Tigris, el Edén. Es un libro de 1839. Lo tengo por ahí…