El investigador y docente argentino Miguel Vedda.

El investigador y docente argentino Miguel Vedda.

La idea del crítico literario estadounidense Fredric Jameson de que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” se cuela en el libro “Cazadores de ocasos”, un ensayo sobre la literatura de horror en tiempos de neoliberalismo, del investigador y docente argentino Miguel Vedda, que podría leerse como una reflexión sobre el carácter fantástico o sobrenatural de un sistema económico de lo siniestro.

El libro, publicado por el sello Cuarenta Ríos, examina algunas modulaciones que asumió el terror en la literatura durante el neoliberalismo y propone revisar teorías clásicas sobre la industria cultural así como una aproximación a la cultura de masas que eluda las condenas y las celebraciones globales para concentrarse en un análisis de las obras que van desde Stephen King, tótem contemporáneo y universal del género, hasta las argentinas Mariana Enriquez y Samanta Schweblin.

El ensayo de Vedda persigue una comprensión crítica del presente y explora algunas de las formas de sentimiento, pensamiento y sociabilidad que definen a la fase neoliberal a partir de una relectura marxista de las obras de la cultura de masas.

Hay un fenómeno contemporáneo de expansión de las políticas neoliberales en coincidencia con la expansión de la literatura de horror, que va de los 70 al presente y, “algo muy propio del horror de los últimos 40 años es la sensación de vulnerabilidad e impotencia que trajo consigo el fracaso rotundo que significó el neoliberalismo, salvo para algunos sectores minoritarios”, dice Vedda en diálogo con Télam.

“No es que una época pesimista produzca literatura de horror -explica este investigador del Conicet-, pero la cultura de masas tiene la capacidad de incorporar reacciones de la vida cotidiana, la cultura de masas asume estos miedos, como el problema de la vivienda que comienza a aparecer en obras de terror, después de la burbuja inmobiliaria de 2008 en Madrid y Estados Unidos”.

La figura estrella del boom del horror que empezó en los 70, Stephen King, “trató al terror sobrenatural con un procedimiento realista, le dio un tratamiento cotidiano tan eficaz que lleva más de 40 años de enorme éxito”, grafica el autor, responsable del Departamento de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Vedda señala que algo muy interesante registrado en las últimas obras de King es la intensificación de ese elemento realista, “El visitante”, indica, “es un policial muy realista y duro que si mantuviera esa línea sería un Henning Mankell o un Andrea Camilleri o cualquier escritor de thrillers de nuestro tiempo. Pero algún momento King hace un quiebre y encara hacia lo sobrenatural, genera un corte y encuentra una solución más evasiva”.

En Argentina ese boom lleva más de 10 años y adquiere características menos ambiguas o esquivas. “La visión del interior de lo fantástico tiene una salida muy ligada al horror en el chaqueño Mariano Quirós y los cordobeses Federico Falco y Luciano Lamberti por ejemplo. Lo que pasa en las narraciones argentinas es que el componente pesimista es más fuerte y son menos conciliatorias”, asegura.

“Hay una especie de oscilación entre obras más enigmáticas como ‘Distancia de rescate’, de Schweblin, que tiene algo kafkiano -no se sabe en qué pueblo transcurre la historia- y obras de Enriquez, que hablan muy concretamente de lugares y periodos históricos, donde además aparecen sujetos sociales, como los cartoneros. El atractivo que la convierte en escritora de masas o bestseller está en esa densidad de realismo tan desarrollada de cuentos como ‘El chico sucio”.

Mientras que dictadura, Ley de Educación Superior, Menem, Alfonsín, hiperinflación, los barrios de Constitución o Avellaneda son referencias muy claras en novelas como “Nuestra parte de la noche” y cuentos como “La casa de Adela”.

Estas piezas apelan a lectores distintos y algunas son propias del público juvenil, indica el ensayista, “podrían ser las referencias al rock y al punk de cuentos como ‘Carne’, también de Enriquez, donde la idolatría por las estrellas de rock termina en antropofagia, cuentos que al mismo tiempo asimilan formas clásicas, como el gótico, e incluso formas folclóricas y populares, vinculadas a la narración oral”.

En esta cartografía de lo maligno o lo espeluznante, “el caso de Quirós es muy interesante -repara Vedda-, porque en general no escribe exactamente horror pero sus obras están marcadas por King y sugieren una literatura de horror, como la novela ‘Una casa junto al tragadero’, una narración bastante realista que se desarrolla en un escenario siniestro y de temas góticos”.

Lo que ocurre con lo funesto es que históricamente fue un género cultivado por escritoras, algunas de sus pioneras son Ann Radcliffe y Mary Shelley, por eso la creciente presencia femenina en las listas largas y cortas de premios tradicionales internacionales, su incorporación a los ranking de más vendidos o las crecientes traducciones y adaptaciones no le despiertan mayor atención a Vedda.

“Lo que sí hay -dice- es una mayor presencia de mujeres en todos los ámbitos del policial contemporáneo, incluida la literatura, y creo que eso sí forma parte de una dinámica, que incluye la problematización de las obras con femicidios por ejemplo, de mujeres como espectros que vienen a cuestionar malos tratos, como el cuento de Enriquez ‘Mujeres desesperadas’ o la novela “Seis buitres”, de Celso Lunghi, centrada en el asesinato de una chica a la que hacen pasar por bruja para apedrearla”.

Y en este horror contemporáneo, que avanza y se reconfigura a la par del neoliberalismo, “lo que sorprende es la centralidad de los niños -advierte-, símbolo perfecto de la sensación de impotencia y debilidad propia de la época”. La imagen más apropiada de esa vulnerabilidad puede ser la de Aylan Kurdi, el niño de tres años fotografiado muerto en una playa turca, ahogado junto a su madre, Rehan, y su hermano de cinco años, Galip, y otros refugiados sirios que intentaban llegar de Turquía a Grecia por mar.

Para Vedda “son los niños los infectados con glifosato en ‘Distancia de rescate’ o los de ‘El visitante’, de King, que cuenta el crimen brutal de un monstruo que liquida niños”.

“En el cine de horror también el niño pasa al lugar de la víctima, hoy las víctimas son los niños, la preocupación de los 60 y 70 era por los adolescentes, la ansiedad ante el adolescente sexuado amenazante, hoy es la fragilidad, la inocencia del niño”, reflexiona, como si hubiera cambiado la conciencia sobre el cuidado y el valor de las infancias, como si la deshumanización neoliberal encontrara su contrapartida en una rehumanización de lo pérfido y aterrador.

Y a esto se suma algo que es característico de la literatura de horror argentina “relacionado a una época muy difícil de entender y de instalarse, en la que existe la tentación de una regresión infantil cuando el horror es demasiado para elaborarlo o combatirlo”.

Ocurre en “La maestra rural”, de Lamberti, ocurre en los textos de Enriquez, dice, “donde aparece un cierto reconocimiento de la impotencia, cuando los protagonistas huyen o tienen prácticamente regresiones infantiles ante lo terrible”.

Ese reconocimiento sobre la insuficiencia tal vez podría vincularse a un cambio de ética donde lo correcto y lo bueno ya no excluyen lo carente y, una vez más, humanizan la deshumanización propuesta por el neoliberalismo. Ahí es cuando lo monstruoso bestial se integra a lo humano y se vuelven digerible por el lector. Como si la literatura de horror exculpara, nos recordara nuestra humanidad, alivianara esa idea de que vivimos un época en la cual la utopía está muy debilitada, en cambio, el colapso está a la vuelta.