Ismaíl Kadaré (1936-2024) nació en Gjirokaster, al sur de Albania, en una pequeña ciudad medieval levantada en las montañas bajo la mirada de un monumental castillo que hoy es un museo militar. Vivió una infancia marcada por la Segunda Guerra Mundial y las sucesivas ocupaciones de su país: primero por la Italia fascista, tan cerca, al otro lado del Adriático, luego por la Alemania nazi y por último por la Unión Soviética. La tragedia de Albania, que es la de Kadaré, es que la independencia se zanjó con la dictadura de Enver Hoxha, desde 1944 hasta su muerte en 1985: fueron cuarenta y un años de terror, espionaje, amenazas y muerte. No es raro que el escritor entregara su vida y obra a la libertad, a la crítica del totalitarismo, al humor como resistencia. Nunca quiso escapar de su pasado, sino contarlo una y otra vez, interpretarlo, convertirlo en metáfora, en literatura.

«Era una ciudad empinada, quizá la más empinada del mundo, que había desafiado todas las leyes arquitectónicas y urbanísticas; una ciudad sorprendente que, como un ser prehistórico, parecía haber surgido bruscamente en el valle en una noche de invierno para escalar penosamente la falda de la montaña», se lee al comienzo de la bellísima novela autobiográfica de Ismail Kadaré ‘Crónica de la ciudad de piedra’ (1970, aquí editada en Alianza, como casi todos sus libros). El tema de ciudad invadida se repetirá en la fábula sobrecogedora y pesimista con el trasfondo de la toma de poder de un pueblo sobre la palabra («Albania no ha tenido nunca voz», dirá) y su derecho a expresarse, que es su espléndida novela ‘Noviembre de una capital’, publicada en 1974.

Esta novela gira en torno al asalto por parte de un grupo de guerrilleros del edificio de la radio de Tirana, en el bulevar Mussolini, al final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un edificio mágico, «de superficie plana y despiadada», como se dice, en un centro de ciudad no menos mítico y sobrenatural para algunos de esos jóvenes campesinos, guerrilleros de las montañas que no saben lo que significa una ciudad y ni siquiera un centro. Un edificio «en pleno corazón» de algo no menos enigmático como es «un Estado», también grandioso e inimaginable. La mole en está custodiada, como en las leyendas, por una especie de fiero dragón de hierro del castillo. El dragón no es otro que un «lisiado» tanque alemán. Un animal herido que aun así no deja de asesinar, a diestro y siniestro, enloquecido, en lo que son los últimos momentos de su vida. Al mismo tiempo, y en esos mismos momentos, la flor y nata de la burguesía de la capital, los beyes, los altos dignatarios del clero, los colaboracionistas y ex ministros de la monarquía, los aristócratas y otros personajes más o menos significados del régimen recién caído, están emprendiendo precipitadamente la fuga. Otros deciden quedarse, dispuestos a sacrificarse, o a esperar la resurrección un día de su clase («la nostalgia por el señor derrocado forma parte de la naturaleza humana», se nos dice).

‘Noviembre de una capital’ está repleta, como el resto de las obras de este autor, de una maravillosa prosa poética, así como de un alto simbolismo y múltiples alegorías. Hijo natural de los Balcanes, península fascinante y mágica donde a menudo han soplado los desgraciados vientos de una historia enajenada, los sueños, el letargo, las visiones que devienen en ocasiones angustioso delirio se suceden y entremezclan.

Kadaré utilizó una variedad de géneros y recursos literarios (como el distanciamiento histórico, la alegoría, la sátira o la mitología) para escapar de la despiadada censura del régimen de Enver Hoxha. Dos de sus novelas más famosas, ‘El palacio de los sueños’ y ‘La pirámide’, transcurren respectivamente durante el Imperio otomano y en el antiguo Egipto. Esta última cuenta la historia de la construcción de la pirámide de Keops, un sueño megalómano con el que se esclaviza a un pueblo entero. A la muerte de Hoxha se levantó una pirámide en su honor en Tirana, concebida como museo dedicado a su figura. En el diseño participó Pranvera Hoxha, arquitecta e hija del dictador.

Otras de sus obras más conocidas, ‘El expediente H.’, tomó como inspiración los famosos expedientes comunistas. Esos expedientes que, de forma kafkiana, invadían los cientos y miles de despachos desperdigados por cualquier dictadura y régimen policial comunista antes de la caída del Muro.

Para alguien como Ismaíl Kadaré, extraordinario escritor y durante años uno de los mejores y más claros candidatos al premio Nobel de Literatura, la literatura y la vida, como dijo en muchas ocasiones, están siempre «en pie de guerra». En 1972, Kadaré sería nombrado diputado albanés sin siquiera pedirlo, viéndose obligado a unirse al Partido Comunista Albanés (el partido del Gobierno). Sin embargo, continuaría siempre su lucha constante contra el totalitarismo. Caído en desgracia por sus escritos subversivos, finalmente se vio obligado a publicar sus novelas en el extranjero. No se fue de Albania hasta 1990, cuando consiguió asilo político en París. «En cualquier tiranía, la vida está plagada de secretos y existe una realidad doble y a veces incluso triple. Es como un agujero negro del que es muy difícil escapar –reflexionaba Kadaré en ABC al poco de publicar ‘Réquiem por Linda B’–. Yo no me marché para escapar, ya que el peligro ya había pasado; me fui para poder decir que Albania estaba haciendo un juego muy peligroso, ya que había decidido no hacer ningún cambio».

Kadaré recibió el premio Man Booker Internacional en 2005 y el Princesa de Asturias de Literatura en 2009. Kadaré estudió literatura en la Universidad de Tirana y luego en el Instituto Gorki de Moscú. En 1960, la ruptura de su país con la Unión Soviética lo obligó a regresar a Albania, donde comenzó una carrera como periodista. En 1963, la publicación de su primera novela, ‘El general del ejército muerto’, le proporcionó fama internacional.

«He escrito durante 30 años bajo la tiranía comunista y otros 20 en libertad, y no creo que alguien que no sepa las fechas pueda adivinar en qué momento está escrito cada libro», explicaba en 2012 en ABC, con ese humor tan suyo. Algunos críticos sugerían entonces que quizá escribía mejor bajo la dictadura, a lo que él respondía: «Quizá haya que meter a los escritores en la cárcel para que lo hagan mejor (…) Para escribir mejor, hubiese necesitado ser escritor y muerto al mismo tiempo».